Las obras de Jesús Esquivel y Alejandra Ibarra muestran al narcotraficante desde un lado más humano, como un hombre carismático, paternal y caballeroso.

Joaquín Guzmán Loera no es el todopoderoso que por años se creyó que era. Su juicio en Brooklyn demostró que ni era el máximo líder del cártel de Sinaloa ni el capo de buen corazón que robaba a los ricos para darle a los pobres. 

Esas y muchas verdades más están plasmadas en dos libros que dan cuenta del largo proceso judicial que enfrentó el hombre más buscado por el FBI ante la justicia estadounidense: El Juicio. Crónica de la caída del Chapo (Grijalbo), de Jesús Esquivel, y El Chapo Guzmán. El Juicio del Siglo (Aguilar), de Alejandra Ibarra. 

“Lo primero que se cae tras el juicio es la idea del Chapo como capo de capos. Judicialmente ya se demostró que el todopoderoso es y seguirá siendo Ismael Mayo Zambada”, dice en entrevista con El Financiero Jesús Esquivel, corresponsal de Proceso en Washington, quien siguió de cerca este juicio, que se realizó en la Corte Federal del Distrito Este de Nueva York durante tres meses.

Según Esquivel, la imagen de Guzmán Loera como el capo más poderoso del mundo fue construida desde la DEA, la agencia antidrogas del gobierno estadounidense. Todo como parte, dice, de una estrategia para visibilizarlo más y facilitar su captura. 

“En vez de reclamarle a México por las dos fugas del Chapo y por la corrupción gubernamental, EU prefirió engrandecerlo y ponerlo en la lista de los 10 fugitivos más buscados. Así, al convertirse en una figura pública, el Chapo sucumbió ante su ego y comenzó a realizar acciones que lo hicieron muy visible, como sus reuniones con Kate del Castillo”, observa el reportero. 

La semana pasada, el sinaloense fue sentenciado a cadena perpetua más otros 30 años de prisión por 10 cargosrelacionados con la producción, distribución y posesión de narcóticos, así como con el uso de armas de fuego y el lavado de dinero. 

Y aunque ayer su defensa apeló la decisión del juez Brian Corgan, todo indica que pasará el resto de sus días confinado en la Penitenciaría Administrativa de Máxima Seguridad de Colorado, donde también se encuentran criminales como Dzhokhar Tsarnaev, el autor del atentado en el Maratón de Boston de 2013, y Zacarias Moussaoui, uno de los responsables de los ataques terroristas del 11-S. 

Debido a que no se permitieron cámaras durante el juicio, será muy complicado obtener una imagen de ese Chapo que describen los periodistas en los libros de reciente aparición: uno bonachón, amable, incluso amigable. 

El día de su sentencia, el Chapo le mandó un beso a su esposa Emma Coronel y después se llevó la mano al corazón. “Fue como una despedida. Esa vez se la pasó mandándose señales con las cejas con ella; ni siquiera le puso atención al juez hasta que le tocó hablar”, recuerda. 

Otro momento emotivo sucedió después de Navidad, cuando el juez dejó entrar a las hijas del capo. “¡Papi! ¡Papi! ¡Papi!”, se escuchó por toda la sala. La audiencia ya había empezado y Guzmán Loera no sabía que ahí estaban sus mellizas. 

Las niñas estaban muy emocionadas por ver a su padre. Ahí sí vi frágil al Chapo, como nunca antes. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no lloró. Se aguantó. Los reporteros nos hicimos a un lado para que pudiera acercarse a sus hijas. El juez les dio un espacio de tres minutos para que se saludaran”, dice Esquivel, quien asegura que el sinaloense es un hombre paternal y caballeroso con el que, a simple vista, dan ganas de irse a tomar unos tragos. “No es como el Rey Zambada, con quien no saldrías ni a la esquina. El Chapo tiene mucho carisma, eso explica por qué fue el enlace con los cárteles colombianos”. 

Durante el juicio se recuperaron las voces de 56 testigos, entre amigos, colaboradores y amantes de Guzmán Loera. 

“Por años vimos a estas personas como personajes de película. Antes del juicio, todo alrededor del Chapo era una mezcla de mito y realidad”, comenta, en entrevista aparte, Alejandra Ibarra. “Pero después de escuchar las opiniones de todas estas personas me di cuenta de que es un hombre multifacético. Había un Chapo para cada testigo. Estaba el Chapo patrón y líder, pero también el Chapo amigo y amante”. 

Ibarra sugiere, además, que el proceso judicial invita a dejar de ver a los capos de la droga como leyendas o figuras redentoras para por fin verlos como lo que son: personas con debilidades y fortalezas que tomaron decisiones muy desafortunadas. 

“Ya quedó claro que no hay narcos Robin Hoods ni gente inalcanzable para la justicia. Con este juicio queda demostrada la vulnerabilidad del narcotráfico más allá de todos los mitos que se han contado sobre esta guerra en la que la DEA también salió manchada de corrupción”, agrega Esquivel. 

Ambos periodistas coinciden en que ahora corresponde al gobierno mexicano investigar a la empresas, socios y entidades que apoyaron al Chapo en sus negocios, entre ellas la Policía Federal, que está en vías de integrarse a la Guardia Nacional.