Por: Fernanda Segura Trejo | Proceso

Para el aficionado, e inclusive para el futbolista argentino, el futbol no representa una afición ni un entretenimiento: constituye un lenguaje identitario, una religión secular y una experiencia existencial que se vive al límite. Sin embargo, cuando este estilo traspasa fronteras y se proyecta a través de las pantallas a la luz de la selección argentina, las reacciones en el resto del planeta distan de ser homogéneas y aprobatorias.

Mientras que para un sector del público internacional el arquetipo del “hincha” y del jugador argentino encarnan una reserva moral de pasión frente a un futbol crecientemente mercantilizado y tibio, para otros representa una molesta alteración del respeto y del fair play. Durante el último ciclo mundialista cristalizó con fuerza la llamada argentofobia, impulsada por algoritmos, disputas geopolíticas y viejos prejuicios. No obstante, en un contrapunto fascinante, el mismo escenario reveló una marea que adoptó el fervor albiceleste en rincones insospechados del planeta.

Del potrero identitario al mercado de la polarización

Para comprender el origen de esta animadversión es preciso advertir que sus raíces no son sólo futbolísticas ni recientes, sino que se cimentan en representaciones socioculturales acumuladas. En diversos rincones de América Latina y Europa ha persistido la caricatura del argentino como un sujeto petulante y ruidoso, una figura que choca con códigos de sociedades más reservadas, formales o susceptibles. Al trasladarse a la cancha, lo que a nivel local se interpreta como picardía criolla, fuera de las fronteras argentinas suele traducirse como soberbia o falta de deportividad. La figura de Diego Armando Maradona funcionó como un catalizador histórico de esta polarización. Para sus detractores en la prensa anglosajona, sectores conservadores europeos y diversos focos de opinión latinoamericana encarnó la antítesis del juego limpio a partir de episodios como la “Mano de Dios” en México 1986. Cabe recordar también la manera en la que Maradona, la selección y el himno fueron silbados en Roma en la final del Mundial Italia 1990. Mientras tanto, para una parte del Sur Global la irreverencia y rebelión contra los poderes tradicionales convirtieron a Maradona en un ícono popular. Desde Nápoles hasta Bangladesh y la India, esta devoción sembró la semilla de un culto que décadas más tarde heredaría la era de Lionel Messi.

El capitán argentino Lionel Messi llora tras la derrota 1-0 ante España en la final del Mundial, el domingo 19 de julio de 2026, en East Rutherford, Nueva Jersey.

La investigación social ha brindado algunos marcos para descifrar la complejidad de la identidad futbolística argentina. El antropólogo pionero Eduardo Archetti analizó los pilares del potrero, ahí donde se construía picardía y valentía para hacer frente a las adversidades de la vida. Por su parte, Pablo Alabarces, autor de Fútbol y patria y del libro Héroes, machos y patriotas, conceptualizó la “cultura del aguante” como una retórica de los hinchas donde el honor se mide a través de la entrega incondicional y la degradación simbólica del rival.

En la era hiperconectada, estas fricciones, estilos de vivir y comunicar mensajes derivaron en una rentable economía de la polarización basada en el clickbait, donde la indignación y las acaloradas polémicas generan audiencias y rentabilidad. En España, el programa El Chiringuito, conducido por Josep Pedrerol y replicado mediante fragmentos virales, se consolidó como una usina constante del relato futbolístico anti-argentino a través de panelistas como Juanma Rodríguez —quien llegó a calificar el título en Qatar 2022 de “un Mundial comprado”—, Tomás Roncero y Edu Aguirre. En dicho espacio, la presencia del argentino Jorge D’Alessandro funciona como un contrapeso clave, pues responde con vehemencia y alimenta un choque de posturas que rentabiliza el debate y lo replica.

Simultáneamente, en Francia, cadenas como RMC Sport han tildado de “arcaica” y “agresiva” la cultura futbolística argentina, un clima que escaló cuando la Federación Francesa de Futbol presentó quejas formales ante la FIFA tras la Copa América 2024 debido a una transmisión en redes del futbolista Enzo Fernández, donde se entonaron cánticos con contenido racista hacia jugadores franceses. Wesley Fofana, compañero de Enzo en el Chelsea F.C. calificó al acto como un racismo desinhibido. El argentino tuvo que disculparse mediante un comunicado.

Los prejuicios y los estigmas van y vienen. Tom Harwood, presentador y comentarista de GB News se volvió viral al afirmar, tras la derrota inglesa el 15 de julio pasado en Atlanta frente a la selección argentina: “El futbol es todo lo que tienen… en Gran Bretaña tenemos otras cosas que celebrar… Ninguna de estas personas tiene trabajo; quiero decir, esto es literalmente lo único que tienen en sus vidas: el futbol”.

En el ámbito mexicano, la figura mediática de Álvaro Morales se ha erigido en los últimos años como el exponente más representativo, haciendo de la provocación sistémica contra la selección argentina y contra Messi un sello personal. Asimismo, abundan otros analistas e influencers que, envueltos en diversos matices, descubrieron que arremeter contra la albiceleste aseguraba métricas abundantes. Entre prejuicios y la instalación espuria de que la FIFA estaba ayudando con algunos fallos arbitrales al equipo de Messi a avanzar en el Mundial 2026, se fue conformando una bola de nieve en redes y en programas de polémica deportiva. Del lado “argentino” varios se han ocupado de nutrir la animosidad. El conductor de televisión Eduardo Feinmann, un hombre de posiciones manifiestas de derecha declaró en pleno Mundial: “La envidia que los mexicanos le tienen a los argentinos no es solamente en el fútbol, es en todo. Nos envidian, quieren ser como nosotros y no les da el piné”. Aunque luego se disculpó por sus odiosas palabras al aire, esto sumó un episodio más. El mercado del enojo encontró en el ecosistema de Twitch, TikTok, Instagram, YouTube y X una mina de oro.

Fricciones, choques y debates

El caso de México resulta ilustrativo sobre cómo la tensión deportiva puede derivar en amplificaciones digitales e incluso violencia física. Duelos mundialistas decisivos como la definición en tiempo extra con el gol de Maxi Rodríguez en Alemania 2006, el tanto en fuera de juego de Carlos Tévez en Sudáfrica 2010 sumado al marcador de tres goles a uno, o el triunfo en Qatar 2022 comandado por Messi y Enzo Fernández, fueron alimentando un caldo de encono. Durante el Mundial 2026, Proceso reportó la difusión de un video sobre supuestas agresiones de argentinos a un aficionado mexicano, cuya falsedad fue demostrada mediante verificaciones que determinaron el uso de Inteligencia Artificial. Posteriormente, la violencia pasó al ámbito real. Proceso también documentó la golpiza sufrida en el Centro Histórico de la Ciudad de México por un argentino de nombre Paulo tras acudir al Fan Fest.

Las lecturas en Argentina ofrecen marcados matices y contrapesos frente a acusaciones de racismo. El historiador Felipe Pigna ha sostenido una postura crítica frente a lo que considera una doble vara occidental, señalando la contradicción desde rincones con pasados colonialistas o de segregación institucional que juzgan a un país erigido sobre el mestizaje y la integración en el siglo XX. Aunque Piña ha condenado los cantos y actitudes discriminatorias en el futbol, el historiador aclara que en la sociedad argentina predomina el clasismo antes que un racismo estructural. Para esta lectura, la hostilidad mediática trasciende el deporte y responde a un prejuicio ante el orgullo futbolístico de una nación latinoamericana.

La dimensión extra-deportiva sumó nuevos frentes cuando el plantel albiceleste celebró la victoria frente a Inglaterra en Atlanta con una bandera arrojada desde la tribuna con la proclama “Las Malvinas son argentinas“, lo que desató duras críticas en la prensa anglosajona y una viva celebración popular en Argentina. El suceso provocó un insólito choque de reacciones: mientras el propio presidente Javier Milei tildó el gesto de imprudente en el plano diplomático, voceros afines a Donald Trump defendieron a los jugadores apelando a la libertad de expresión. Días después, Milei acusó al gobierno mexicano y al brasileño de financiar una campaña anti-argentina. La presidenta Claudia Sheinbaum lo rechazó categóricamente y le respondió en su conferencia del lunes 27 de julio: “Es falso […] Nosotros no acostumbramos a meternos con otros países… Autodeterminación de los pueblos y pedimos lo mismo: respeto”.

Frente a este ruido coyuntural, historiadores del exilio como Pablo Yankelevich, autor de Ráfagas de un exilio: Argentinos en México, nos recuerdan que la relación entre ambas naciones posee cimientos sociales e intelectuales profundos. México fue tierra de asilo para miles de “argenmex” durante la dictadura de los setenta. A esto, agregamos que el Estadio Banorte fue el escenario de la gloria argentina en 1986, lo que demuestra que la animadversión en plataformas digitales es espuma, aunque rabiosa, frente a una larga trayectoria de solidaridad y enriquecimiento cultural mutuo. Argentina fue de los primeros países en enviar brigadistas y suministros para ayudar a México luego del terremoto de 1985.

La interpelación de la selección argentina

Ante la hostilidad externa, la sociedad argentina reaccionó con un cerrado respaldo popular, abroquelándose en torno a la selección albiceleste comandada por Messi y al cuerpo técnico de Lionel Scaloni, cuya conducción operó como una brújula. A la par, el fenómeno mundial evidenció que el rechazo estuvo lejos de ser unánime: el recorrido de la selección siguió despertando apasionadas muestras de afecto en Bangladesh, en la India, en Pakistán, Malasia, Indonesia y Japón, entre otras latitudes y aunque no lo parezca en redes, también la hay en México y en Brasil.

En última instancia, la argentofobia y la devoción masiva no son más que dos caras indisolubles de un mismo fenómeno: la imposibilidad de que el futbol argentino y su carga cultural pasen desapercibidos en el mapa global. Lejos de extinguirse de forma definitiva o de mantenerse en una tensión permanente, esta polarización tenderá a matizarse y adormecerse en los periodos entre torneos, para reavivarse ante el menor chispazo mediático, un resultado clave o un nuevo cruce geopolítico y deportivo. En una era donde las plataformas digitales monetizan la indignación, el rechazo y la fascinación continuarán coexistiendo como un péndulo. El futbol opera como un reflejo de tensiones, tendencias e identidades de época. En esta aldea planetaria el fervor albiceleste continuará encendiendo pasiones entre la estigmatización y la devoción global.